La muerte

La muerte para un residente es un tema que al principio es difícil de afrontar. Muchos residentes tienen tan buena relación con sus pacientes o piensan que el manejo médico es tan bueno que se olvidan de que la muerte puede visitarnos en cualquier lugar, circunstancia, tiempo, persona. Nos cuesta aceptar la pérdida de pacientes que van bien con el tratamiento o pacientes jóvenes que uno remotamente piensa que pueden ser la próximo víctima de la muerte. Muchos pacientes ancianos que sufren las consecuencias de una enfermedad crónica y desgastante esperan en la muerte la libertad y el alivio de una vida que está siendo un sufrimiento diario. Creo que los residentes de oncología pueden dar testimonio de esta situación en pacientes con enfermedades terminales.

Mi primer contacto con la muerte fue la pérdida de mi abuelo cuando era niño. En esos tiempos no pensaba en la muerte como ahora pienso de ella. A mi escaso entender (o como me lo habían explicado) solo entendía que mi abuelo ya no estaría con nosotros fisicamente nunca más. Era muy niño y tampoco entendía nada de eso. Sólo me apenó no poder ver más a mi abuelo. 

Durante mi infancia y adolescencia asistía a funerales de familiares que muchos de ellos no tenían nada que ver conmigo por lo que la muerte siempre fue para mi el gran enigma. Parecía que estaba ahí sin estarlo y que pasaba al lado nuestro sin tocarnos. extraña sensación. Pero llegó el día en que me dió el golpe que tantas veces había visto en otros sufrir y que ahora me tocaba vivir: la pérdida de mi abuela. Mi abuela era una persona maravillosa, exigente, disciplinada y tenaz. Nos daba a mi hermano y a mi buenos consejos, claro que algunas veces me resultaba sumamente pesada pero que abuela no lo es, no?. Tenía muchísima fé en Dios y me enseñó oraciones que recitábamos juntos. Fue mi primera maestra y de alguna manera contribuyó a que me formara en el hábito de la lectura, acompañándome a la biblioteca nacional y haciéndome leer y memorizar poemas. Está de más decir que uno de sus objetivos primordiales fue que memorizara la tabla de multiplicar sin contar con los dedos, mérito enteramente suyo. Después de ese duro golpe las cosas nunca fueron iguales. Mi gran maestra y protectora se fué sin decir adiós y mi corazón se fue volviendo un poco impermeable a la muerte.

En la facultad, en las clases de disección de anatomía me asqueba tener que respirar el formol y el olor  de los cadáveres pero esta vez la muerte contribuía a mi formación como estudiante de medicina.

Como externo e interno sentí el paso de la muerte al perder a muchos pacientes por quienes no podíamos hacer mucho. Sin embargo ese paso nunca fué una confrontación directa. Tal vez nuestro corazón se va endureciendo e impermeabilizando al sufrimiento ajeno. Me imagino que también es un saludable egoísmo porque si sufrieramos por cada muerte sería una paliza de golpes que no podriamos soportar.

Ahora, en España me doy cuenta que la mayoría de las pérdidas son abuelos con muchas patologías. La mayoria son enfermedades crónicas y dadas las circunstancias no hay mucho que se pueda hacer. La edad pasa factura y los vicios también.

Dado que la medicina tiene sus limitaciones y que es tan imperfecta como los hombres no nos queda a los médicos otro remedio que aceptar a la muerte como lo que es: una parte más de nuestra compleja dualidad. 

No me queda mas que recomendar a los médicos y especialmente residentes que llamen al capellán más seguido ante la visita próxima de la muerte, no vaya ser que nos pille desprevenidos y el golpe sea más fuerte de lo normal.

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