No hace mucho tuve un paciente de 80 años ingresado por una reagudización de EPOC. El paciente desde su ingreso tuvo una mala evolución clínica y un día en que estaba de guardia tuve que valorarlo por disnea. Hablé con sus familiares sobre la gravedad de su situación y ellos me solicitaron que le inicie mórficos.
En España se ha generado mucho temor a raiz de los casos de sedación del Severo Ochoa y muchos médicos se muestran reticentes de usar mórficos. Sabiendo todo esto, le informé al familiar de la necesidad de continuar el tratamiento antibiótico y realizar un control de analítica. El familiar me hizo una pregunta que es motivo del presente post: ¿Doctor, usted cree que vale la pena seguir? ¿Que haría usted si fuera su padre?. A lo cual yo respondí: “creo que el paciente merece que se luche por su vida hasta el final”. Le realizamos una analítica control y radiografía y las prebas sólo nos confirmaba nuestras sospechas: que estaba francamente peor. Afortunadamente, su médico estaba de guardia en Sala A y lo llamé para que me ayude en la decisión terapéutica la cual fue iniciar sedación. El paciente falleció al día siguiente.
Creo que la respuesta que le dí al familiar no fue tan reflexionada en su momento como después lo hize. Luchar hasta el final es una premisa que tenemos y que, bajo ciertas circunstancias, nos compromete a dar todo por el paciente hasta “cuando se pueda”. Este “cuando se pueda” implica una relación temporal difícil de establecer y que implica valorar todas las circunstancias que rodea al paciente. Sin embargo no es tan fácil decir “hasta aqui llegamos” porque creo que nuestra profesión no nos capacita ni nos autorza moralmente para decidir sobre la vida y la muerte. Lo mejor es tomar una decisión conjunta con los familiares ya que el peso de la responsabilidad no nos compete totalmente. Creo que es un tema polémico sobretodo para abuelos pluripatológicos y que no tienen una buena calidad de vida. Muchos creen que la muerte es una liberación de nuestras miserias físicas. Como residente entiendo que el proceso de la muerte es doloroso y prolongar la agonia es sólo prolongar el sufrimiento.
No me queda más que agregar que llega un momento en que la batalla contra la muerte esta pérdida pero la guerra de la vida sólo se pierde cuando nos rendimos al destino inexorable de la desesperanza.